Carlos René García Escobar. Antropólogo Guatemalteco.
Lo del rostro maya puede interpretarse de muchas maneras porque de todos modos todas las cosas tienen uno, varios o muchos rostros. Incluso puede interpretarse lo que quiso decir el hoy presidente de la república cuando en su campaña reciente anunció darle a su gobierno un rostro maya. Ahora bien, si se los dijo a los conglomerados mayances que asistieron a sus mítines a lo largo de la campaña o a los que se acogieron directamente a su campaña y a su partido, pues es lógico que se entendió que los iba a llevar a participar con él en el uso directivo del poder gubernamental si ganaba las elecciones.
A estas alturas, luego de dos meses de estar ya en el poder la desilusión es manifiesta. El presidente no los ha llevado al poder, entiéndase al gabinete presidencial, sino que los ha ido colocando en puestos y cargos de menor índole, en algunos viceministerios y en altos cargos de dirección, mas que todo en el sector administrativo, como secretarias a las mujeres y en puestos similares a los varones.
En todo caso, la llegada al poder del conglomerado maya no es sensible del todo. Esa es la desilusión. No importa que ahora, en los protocolos de gobierno se haya cambiado el uso de la Granadera, una marcha militar de origen colonial utilizada desde los gobiernos liberales, por el son tradicional apropiado por Jesús Castillo, El Rey Quichè. O que se incluyan en su inicio rituales propiciatorios coordinados por sacerdotes mayas de distintos rangos étnicos y lingüísticos. Todo ello, honestamente visto, constituye en realidad un rostro maya en la modernidad de las ceremonias de gobierno. También se incluye ahora el canto en k'akchikel del himno nacional.
Es evidente que desde la independencia del gobierno español en 1821, los gobiernos de este nuevo país han sido usufructuados por criollos descendientes de la aristocracia española colonial y por los mestizos advenedizos que en su desventura económica social no lograron mejor cosa que adherirse al poder con mucha garra y ambición. Las masas indígenas de aquel tiempo, mayas ahora, doscientos años después, nunca fueron ni han sido tomadas en cuenta, más que para favorecerse de los resultados de su fuerza de trabajo en el campo y en la ciudad.
Su proceso de lucha por alcanzar el poder político y económico lleva pues largos siglos y, según parece aun falta más. Pero divididos como los conocieron los invasores españoles, difícilmente lo lograrán. Y si se lograra, ¿Qué nación tendrán nuestros descendientes en el gobierno y uso legítimo del poder? ¿La nación Kiché? ¿La nación Kekchí? ¿La Kakchikel? ¿La Mam? ¿La Tzutuhil? ¿o un grupo pluriétnico consistente que habría obtenido tal privilegio?
La especulación anterior implica la realización de un relevante cambio de las estructuras de la nación guatemalteca actual.
Ese logro, esa realización es el problema fundamental. Esa es la utopía.
Photo: Barbara Schieber






